Vida entre los escombros

Javier Mérida Cidoncha

 

[Fragmento del relato]

En esa penumbra apenas invadida por el tenue zigzagueo de un par de velas, Eduardo se sentía por fin a gusto. Un puñado de polvorones, mazapanes y otros dulces propios de las fechas se apiñaban sobre una fuente ovalada de cristal. La lumbre del brasero abrigaba la habitación en su plenitud sólo con el calor que dejaban escapar los flecos de la falda de la mesa camilla cada vez que él movía los pies sobre el bastidor.

– A Baltasar ponle coñac, abuelo, porque como es negro…

Aun balbuciente, la voz del pequeño Alejandro llenaba de nuevo aquel hogar tal feliz cuatro Navidades atrás cuando Elisa era un sincero remolino desde que empezaba a sacar las bolas y las luces para poner el árbol hasta que devolvía a los Reyes Magos a sus cajas de cartón y lucían de nuevo las fotos de la familia en la estantería principal del acristalado mueble del salón.

Eduardo y Elisa se conocían de siempre. Aunque él era cinco años mayor, apenas una pared separaba sus dormitorios. Sus padres eran vecinos desde que el Patronato les entregó en los sesenta aquellos pisos en el viejo Nervión, lindantes con el Tamarguillo.

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